Samedi 4 juin 6 04 /06 /Juin 08:58

Parte I. El Emprendedor Mitificado.

 

(Una pequeña introducción para ingresar de otro modo en la idea de emprendimiento. No puede abarcar toda la logia de prejuicios que harían difícil la comprensión del término. Pero trataremos de agrupar los que pueden hacerlo difícil a los fines de este libro).

 

Como sucede en la totalidad de las prácticas humanas, el emprendimiento también es un campo cultural. Esto es, un campo en el que se producen, circulan, se reproducen, se consumen y se intercambian con otros campos, valores simbólicos.

Es un sitio lleno de estéticas, significaciones, palabras políticamente correctas e incorrectas, expectativas y estrategias prediseñadas de funcionamiento.

También tiene referencias al pasado, tiene tradiciones, héroes y leyendas. Bill Gates es una de ellas. Steve Jobs es otro. Ophrah Winfrey. Los italianos son buenos emprendedores, se dice en América Latina. Los judíos y los japoneses también, se dice en muchas partes.

El emprendimiento, en ciertos círculos, es tributario de un campo cultural mayor, el de las Ciencias Empresariales. Allí es posible encontrar desde los economistas más serios hasta predicadores de verbo ligero y metáforas peligrosas. Dado que comprometen cosas materiales, relaciones laborales e inmediatas, pueden ser preocupantes, a diferencia de la mayor parte de los pastores protestantes.

Og Mandino y su clásico “El Vendedor Más Grande del Mundo” fue muy importante en los años 80, él es uno de tantos ejemplos acerca de cómo la idea de emprendimiento ha venido cosechando sus significaciones propias a lo largo de los años. Independientemente de la formidable certeza de sus escritos, asociaba el auto-reconocimiento de la actitud proactiva con la idea del vendedor. Toda una estrategia que reúne mitificaciones ya establecidas en el protestantismo acerca del éxito económico con el éxito espiritual. La metáfora es aún más estricta: el éxito comercial es el éxito espiritual. Og Mandino no pedía que la gente fuera vendedora de cosas materiales, pero al mismo tiempo iluminaba la figura del vendedor como la metáfora justa. Igual sucedió en otros contextos con la idea del “guerrero”. No se supone que el guerrero sea uno que de verdad mata gente, es una metáfora. Como en el famoso “Oráculo del Guerrero” (el presidente Chávez solía recitarlo por la TV venezolana), la acción emprendedora se completa con metáforas que hacen del relato personal un relato trascendente en el mundo de la cultura vivida:

“La batalla se desencadenará de un momento a otro. No existe alternativa. Debes combatir.

Al hacerlo, pon todo tu espíritu corazón y cuerpo en ello. Lucha centrado, unificado, alineado Lucha incansablemente, día y noche si es preciso. Mantente vigilante a las cuatro direcciones. Confía en el animal que vive en ti. La batalla tendrá sus valles y sus cimas, sensibilízate y adáptate a ello” (Estrella, 2004:4).

 

Por muy serios que sean nuestros libros sobre emprendimiento, hay muchas metáforas en aquellos que nos leen, así como en los que escriben, hablan u oyen. Una canción, My Fair Lady, el Ché, Tiana y el Sapo, Marco Polo, ... La idea de éxito económico como señal del prestigio personal. O como forma de poder llamar la atención. O por la recompensa de saberse útil. O por el poder que significa comprar cosas que antes no se podía…

Esto se debe a que el emprendimiento es, antes que nada, un punto ambiguo entre el deseo y la realidad.

Porque es una acción cultural. Depende de inspiraciones culturalmente construidas, de tradiciones de éxito y fracaso. De ideas de la identidad propia, de la humana en general y de la calidad de las transacciones. Es cultura. Y como tal, las expectativas que arrastra el término pueden ser interpretadas de muy diferentes formas.

Con el fin muy concreto de hacer más visible y útil este texto voy a comenzar algunas precisiones sobre la idea de emprendimiento antes de que nos empantanemos.

En primer lugar se va a decir “emprendimiento” y no demasiado “emprendedor”. Porque a la luz de la realidad, el emprendimiento puede ser un individuo, un colectivo y hasta una sociedad.

No hay duda de que el valor de los individuos es fundamental en el esfuerzo emprendedor. El emprendedor, en singular, es importantísimo. La actitud, la confianza, la capacidad de procesar los fracasos y de impulsar persuasiones, transformaciones, de comunicar el estado de las cosas, de proyectar el futuro y provocar disuasiones en el entorno, depende enormemente del cultivo de la personalidad y del carácter. A la manera de Weber, vamos a reunir todas estas energías bajo la idea de carisma.

Sin embargo, el carisma, elemento irrefutable del emprendimiento, no es una característica solamente individual. Es una renovación emocional positiva de un mundo que ya era entendido emocionalmente, y cuya significación portan dinámicamente sus sujetos.

Es decir, el carisma no es un elemento aislado ni individual. Muy por el contrario depende de cómo se comunican los significados entre los individuos, los grupos de individuos, los sectores sociales. No todos oímos igual ni entendemos igual. Menos aún actuamos igual. Por tanto el carisma no es una moneda de cambio universal y ni siquiera reposa en un solo individuo.

En segundo lugar, no se va a decir demasiado “entrepeneurship”, mientras este libro no sea traducido al inglés, claramente. El galicismo convertido en anglicismo y luego en moneda corriente de las Ciencias Empresariales esconde una cierta asociación entre innovación y crecimiento económico en EEUU, Reino Unido y la economía postfordista, que está algo pasado de moda. Hoy deberíamos aprenderlo a decir en chino. O en hebreo, japonés, coreano, sueco…

Y si pensamos que los emprendimientos más prodigiosos están en los países periféricos, a contracorriente de su contexto y con un importante componente social, habría que decirlo en hindi, portugués, castellano, swahili…

En tercer lugar, aquí se va a comentar sobre un aspecto un poco incómodo en las representaciones simbólicas preestablecidas por los campos culturales del emprendimiento: su dimensión en lo político.

En general esas cosas se las dejan a los “emprendimientos sociales”. O a un análisis que se limita a denunciar el papel, generalmente precario, de los Estados en la creación de una “cultura emprendedora”.

(La antropología suele reírse cuando se usa la palabra “cultura” con tanto desgarbo. Hay una “cultura del Partido Laborista” y hasta una “cultura animal”. Es una moneda metafórica. De hecho, hay una cultura de la palabra “cultura”).

Lo cierto es que el emprendimiento tiene una función transformadora de la sociedad, de la que hay que hacer conciencia. El emprendimiento no solo tiene un papel pasivo en el mundo de gobiernos e ideologías. Sus potencialidades serán peligrosamente descuidadas si no se reconoce en él una acción política con consecuencias societarias. Y del mismo modo, es a partir de tales consecuencias, que se vitaliza la misma acción emprendedora.

El no reconocimiento de este hecho se produce, quizás, porque el subsistema, el sitio donde aprendemos a acumular capitales, intercambiar valores y a generar poder en una sociedad determinada, tiene su propia lógica, fundamentalmente alimentada por prácticas consistentes y consuetudinarias que anidan en el mundo de las ideas. De tal manera  que, incluso, aunque se diga lo contrario, realmente se está haciendo lo mismo de siempre. Incluso, aunque se haga una cosa, realmente se está haciendo otra. Tal es la naturaleza de toda cultura. De ahí la maravilla que nos producen, cuando estamos preparados a entenderlos, los artistas, los revolucionarios, los emprendedores exitosos, y muchos inmigrantes, entre otros tantos.

Esta suerte de espejismos es muy conocida en la antropología. Marvin Harris la llamaba la diferencia entre Emic (el hecho material, objetivo a la luz de un observador externo a la cultura) y Etic (el hecho cultural, solo comprensible para el observador inculturado).

Así que el emprendimiento es un acto político (lo que no significa que se esté haciendo política, como un oficio). No importa que nos dé alergia esa palabra. Emprender es actuar cultural y políticamente.

En cuarto y último lugar, en el campo cultural emprendedor se rinde algún tributo a ideas rápidas, ejemplos omnicomprensivos, frases cortas e inspiradoras.

Esto es lógico, es un campo lleno de gente con deseos de hacer, y que, además, ha  aprendido sabiamente que haciendo se aprende más. Muchos se leen un libro y “ya no se hallan”: quieren lanzarse al ruedo.

Eso puede ser contraproducente para entender el alcance de los sistemas inteligentes.

Hay cosas que merecen su tiempo. Algunas muy buenas. Y hay dentro de éstas, algunas que requieren una comprensión compleja, organizada, a varios tramos, que dé seguridad a cada paso. Cosas alertas de prejuicios, que suelen minar las mejores explicaciones y los mejores entendimientos.

Bueno. Son solo consejos.

Par Daniel Castro Aniyar
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  • Sociólogo, Antropólogo y terminando un Doctorado en Ciencias Políticas. Apasionado de la periferia mundial y el emprendimiento. Profesor y militante del espíritu.

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