Somalia y el Barco de Hule.

Publié le par Daniel Castro Aniyar

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El mundo produce 3 veces la comida de la humanidad, dice la FAO. Pero en el cuerno de África no se la comen.


El mismo sistema que produce esas riquezas provoca crisis de precios pasmosas.  La FAO lo explica muy bien: cuando la oferta de valores de productos postindustriales peligra, los accionistas perciben que la economía no crece, o no produce suficientes ganancias o estabilidad, entonces corren todos a comprar valores más seguros, en petróleo y comida. Al comprar valores en comida la demanda aumenta y los precios de los alimentos suben.


De tal manera que cuando los ricos en los países más ricos pierden, los pobres en los países pobres pierden más. Un huracán de vientos accionarios destruye el acceso a la comida. La sequía etíope no ayuda. Los biocombustibles no ayudan. Todo se vuelve una bomba de fuego, una cadena de bombas de fuego, para que los inversionistas no pierdan… porque si pierden, además, todo se vuelve aún peor.


¿Por qué una sociedad tan opulenta, que produce 3 veces la comida de la humanidad, está incapacitada para repartirla?. Porque lo que produce esa gigantesca cantidad de comida no es simplemente la gente, es el mercado. Es el mercado el que dispone de la tecnología, incluyendo agrotóxicos,  el que dispone de masa de migrantes para las cosechas, el que dispone de precios jugosos, el que dispone de métodos de expansión de las carteras de clientes, tecnologías de conservación, Management  y publicidad.


Así que por un lado, el resultado es una suerte de Frankestein de la desigualdad: mientras más riquezas se producen, la desigualdad es más patente. Pero por otro lado, cuando esas riquezas decrecen, los pobres de esa desigualdad son más pobres.

 

Es como un velero de hule. Mientras más sopla el viento, el barco se estira y los que están la popa están más lejos de la proa. Pero mientras sopla menos viento los que vivimos en el trasero del barco, parados en hule flexible, nos hundimos por nuestro propio peso.


La hambruna nos recuerda los conciertos de Bono, George Harrison, Sting, Peter Gabriel pidiendo “repartan, por favor, repartan”.


Pero la verdad es que repartir no nos hace salir del velero de hule. Es como que corrieran a tendernos una mano para que nuestro propio hundimiento sea más leve. Pero pisamos hule. Hule que flota solo cuando hay viento.


El padre del milagro brasileño fue Fernando Henrique Cardoso. Sociólogo y Presidente. Siempre lo he creído un hombre de luces. Lula supo dar continuidad a su obra política, y la humanizó aún más. Aún lo recuerdo diciendo: “Dentro de la Globalización no hay alternativa. Fuera de la Globalización no hay salvación”.


El mismo Fidel, quién nadie duda que sea un referente de la resistencia a la globalización, decía “La Globalización es un tren al que uno no se le puede poner en frente”.


Nada de eso ha cambiado. Por el contrario, la crisis de los países postindustriales que se avecina, va a mostrar sus fauces más oscuras. Las depresiones económicas traen más guerra, más intolerancia y menos esperanza.


Sin duda es una crisis del sistema. Pero es una verdadera crisis estructural, no solo porque afecta todo el sistema financiero, las monedas de referencia y envía a la calle a millones de trabajadores, sino porque muestra que no hay salvación, como decía Fernando Enrique Cardozo.


¿O sí?


Precisamente China, Brasil, India, Uruguay, Argentina, Israel, Ukrania… muestran que si las carteras se multiplican, hay recursos para salir de la crisis. Si la producción se reparte y si el consumo se reparte (no se regala), la musculatura de unos salvará a la de los otros. Un mundo más interdependiente, menos monopólico, que participa activamente en mercados dinámicos y audaces, es un mundo más seguro.


Visto así, los pobres no somos el problema, somos la solución.


Visto como un velero de hule, es como poner una vela en la popa.

 

 

 

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