La Revolución del Emprendimiento.

Publié le par Daniel Castro Aniyar


 

Observen este gráfico. Una y otra vez.

 

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Las dos líneas ascendentes representan el aumento de la desigualdad mundial. El gráfico es el resultado de un estudio que presenta Patricio Korzeniewicz   (Korzeniewicz, Martins y Sandoval, 2009)  en la que incluye una interesante proyección hacia el siglo antepasado.


La diferencia entre los países pobres y los ricos no ha hecho sino incrementarse, sin ambages, desde 1820 hasta 1990.


Es decir, si medimos a los países por el ajuste a su poder de compra, en 1845 el mundo era tan desigual como la Venezuela de hoy internamente. A comienzos del siglo XX el mundo es tan desigual como México. En 1960 tan desigual como Bolivia. Si lo ajustamos a la tasa de cambio de la moneda base, en 1980 es tan desigual como Gambia y si mantenemos ese ajuste y utilizamos las referencias del Banco Mundial, colocadas en la parte más reciente del cuadro, en 1995 es tan desigual como Zimbabwe, uno de los países más desiguales del planeta.

 

¿Por qué los países negros, morenos y amarillos son siempre más pobres, y los blancos más ricos?.


Con todos sus muertos, los socialismos estalinistas y maoístas hicieron de países miserables grandes potencias industriales. Repartieron comida y educación en los estratos más bajos. Parecía un milagro, gigantescas masas feudales se convertían en superpotencias industriales.


La URSS pagó, por lo menos, con 10 millones de personas en el Gulag. Congelados en Siberia, drogados, encarcelados miserablemente, los más afortunados, fusilados.


China puso los suyos. Incluso reprimió en Tiananmen, a diferencia de los que decían los medios occidentales, miles de reformistas, miles de jóvenes cantando odas al Presidente Mao.


Las revoluciones verdaderas, exitosas o no, siempre tienen esa doble faz, se aman y se odian. Esto sucede porque disuelven el tiempo. Borran el pasado hasta convertirlo en un jardín inexistente, de hadas y monstruos. Todo pasado es imaginado, pero el pasado de una revolución es fantástico, para los que lo odian como para los que sueñan con él. Del mismo modo, las revoluciones verdaderas pero no exitosas, imponen un presente irreversible, extático, incapaz de movimiento, de tiempo humano, de realidad, y por tanto, de futuro.


Las revoluciones han encontrado su más importante caudal de sentidos en el pasado. Imaginan un presente  mesiánico, codificado, inscrito en un manual. Un manual que costó sangre. Esto no es malo. Todos tenemos una cierta conciencia profética. Pero en las revoluciones socialistas de gran puño lo que va a llegar está diseñado por el pasado roto, no por el presente. Por eso les cuesta reconocer el futuro cuando llega.


Vuelvan a observar el gráfico.


Los socialismos de gran puño, el soviético y el chino, no impidieron el aumento de la desigualdad (1914-1989).


Se repartieron recursos como nunca en esos países. Si la desigualdad se mide por acceso a las rentas de capital y trabajo dentro de una nación, estos socialismos habrían impulsado la igualdad. Pero si se mide en Gini, esto es, en relación a ingresos mundiales, nada de esto pasó. Los países de ese socialismo se empobrecieron demasiado en su conjunto.


El mismo Chomsky dice que la guerra fría solo era estadounidense. Toda la órbita soviética solo tenía la cuarta parte del poder militar, y la catorceava parte del poder económico de un solo país adversario, los EEUU.


Cae el muro de Berlín y los países llamados post-comunistas se lanzaron al capitalismo. Entonces tampoco se redujo la desigualdad. Muchos de ellos son países europeos estructuralmente incapacitados para sobrevivir, países sin futuro. Muchos postcomunistas periféricos tuvieron peor suerte, como Vietnam.


Vean de nuevo el gráfico en los años 80.


Es el modelo económico de acumulación sostenido en el tiempo. Unos nacen para empobrecerse y otros para enriquecerse. La desigualdad pone “las cosas en sus sitio”, dice lo peor del elitismo mundial. Entonces los estudios sobre superioridad racial, inteligentes, brutos, bonitos y feos, se volvieron a hacer populares desde los 80. El neoliberalismo empieza su camino de viejas glorias etnocéntricas, y se imagina un mundo con los mismos dueños “de siempre”.

 

Vean el gráfico ahora desde el 2000.

 

La desigualdad baja hacia el 2000, cuando aparecen los países emergentes.

 

En los países emergentes, China, India, Brasil, Chile, de algún modo Rusia, Ukrania, Israel, Argentina, Uruguay, y a su ritmo, América Latina (con excepciones) hay un auge de los emprendimientos. Están llenos de individuos y colectivos imaginando el futuro y construyéndolo valientemente. Esto tiene que ver con el mercado competitivo capitalista, tiene que ver con solidaridad socialista (aunque algunos no la reconozcan), y tiene que ver con un tipo de sistema que antes no conocíamos. El propio país, a escala global, se convierte en un país emprendedor, creando nuevos equilibrios y más interdependencias. Más “multipolaridad”, como decía aquel Primer Plan Socialista de la Venezuela de Chávez, aunque su sector externo no lo refleje. Una multipolaridad que realmente responde a la necesidad del sistema-mundo en recuperar mercados y regenerase.

 

Los emprendimientos fueron económicos, individuales o colectivos (como en el Banco de los Pobres que coordina Yunnus), sociales y políticos, como los nuevos movimientos de participación en Brasil.


Pero el capitalismo, al menos el que conocemos, es depredador por naturaleza. A pesar de los importantes esfuerzos en los países emergentes[1], y el avance de una sociedad civil global más consciente de las secuelas, el sistema es claramente depredador.


El empobrecimiento del Tercer mundo tiene mucho que ver con el precio y la dependencia de los recursos naturales. El mercado, controlado por la punta de la pirámide, tiende a presionar  a que las materias primas bajen de precio en el Sur. Eso no hace que se regenere el sistema, solo que rinda más. Por ello el sistema más bien tiende a degenerarse ecológica y socio-económicamente.


Sin embargo, ahora vemos que la economía se reactiva con la presencia de países emergentes, que retan a los mercados y a sus fuentes de creatividad y emancipación, crean competencia y sobre todo, más mercados reales, esto es, más gente accediendo al consumo.


China ahora se dispone a reactivar a su sociedad: sacar de la pobreza a más de mil millones de personas.


China, India o Brasil podrían convertirse en centros mundiales de consumo. Menos pobres, más igualdad.

 

Pero pondrá más claro que nunca que si los recursos del mundo no tienden a administrarse racionalmente, seguirán las guerras por la apropiación depredativa de los recursos mundiales y las crisis ecológicas.


Es el futuro que viene [2].

 

 

 

[1] Sin exagerar demasiado: el capitalismo periférico, por mucho que sus estrategias sean más multipolares, significa también depredación. El caso Chino en África o la depredación de la selva brasileña son ejemplos de ambiciones desproporcionadas en el sistema, incluso a nivel de los países emergentes.

[2] En este mismo Blog este tema es tratado con más detalles, en el artículo “El Futuro del Capitalismo”.


Korzeniewicz, Patricio; Martins, Carlos Eduardo; Sandoval Ramírez, Luis (2009) “El Impacto de la Crisis Actual sobre la Desigualdad Global y las Estrategias de Desarrollo de las Economías Emergentes”. Conferencia dictada en el Auditorio del Museo Reina Sofía. Mayo. Madrid.

 

Fuwo, Tetsuzo (2003). “Capitalismo y Socialismo del Siglo XXI. Una Vez Más sobre el Punto de Vista Científico”. Japan Press Weekly. Edición Especial. Octubre. http://www.japan-press.co.jp /pdf/ capitalismo_y_socialismo.pdf. Tokyo.

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