El Valor de los Objetos. Una Reflexión sobre el Desarrollo de las Naciones.

Publié le par Daniel Castro Aniyar

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Las cosas parecen transferir y comunicar valores entre sí. Pero ningún objeto tiene valor propio, todo es asignado.


Un valor asignado socialmente define si ese objeto es un capital motor de la economía o, en el otro extremo, es solo el residuo o el contexto secundario de las cosas con valor. La gente y solo la gente define el valor del oro, el petróleo y los alimentos, así como de las piedras, el viento o la hierba del camino.


Como las cosas lucen tener valor por sí mismas, el visionario es el que descubre cuando las cosas sin valor o poco valor pueden motorizar una economía.


De igual modo, se puede aplicar la lógica inversa. Si las cosas muy valiosas son a fin de cuentas asignaciones sociales, es posible despojarles de su valor para liberar otras fuerzas: revoluciones políticas o tecnológicas, reencuentro místicos con la Patria, con Dio’s, nuevas formas de tiranía o emancipación  o, simplemente, nuevas políticas más eficientes.


Desconocer el valor social de las cosas solo porque son “asignadas”, es tan poco pertinente como asignar valores a las cosas que la sociedad no ha sabido valorar. Hay que trascender la idea de que la asignación de valor a los objetos es un problema producido por “otros”, o el cauce a una revelación individualista, aislada de la sociedad que asigna.

 

 

Ella nos pone en la necesidad de comprender inteligente y maduramente los equilibrios como los desequilibrios de las fuerzas sociales, y sus falsos pesos y contrapesos.


La asignación de valor a las cosas es una huella de nuestro paso en la evolución histórica de las ideas, incluyendo nuestro cuerpo y lo que creemos son nuestras más profundas e inalterables consistencias.


Es como el sujeto de una frase dentro de un extenso relato. El valor de ese simple sujeto amarra todo en un mismo sistema de sentidos.


Esta idea, sin embargo, no debe ser entendida como un principio de la filosofía, de los procesos cognitivos de nuestro cerebro o, menos aún, alguna revelación de la superioridad teológica de nuestro espíritu sobre la materia.


Es un principio económico. Y por tanto, dinámico.


Cuando asignamos valor al dinero que se reproduce solo, en un acto sin cálculo ni proporción con lo representado, en la esfera de la especulación, estamos asignando valor a algo que no merece tenerlo. Por cuanto un inversionista de la bolsa recibe millones por su apuesta, la asignación social existe, pero no está dada por la economía que dice representar. Del mismo modo que una tarjeta de presentación no es la persona que la representa.


Esas riquezas son lúdicas, como en un simple juego de mesa que todos hemos tomado perversamente en serio. Por eso los economistas han hablado de dinero orgánico e inorgánico, de activos “tóxicos” y como recientemente indicó John F. Nash Jr., aquel Premio Nobel de Economía que sufrió esquizofrenia, simplemente como dinero “bueno” y dinero “malo”.


Pero esto no es solo un asunto de grandes mercados que han pervertido la naturaleza de las cosas. Igual sucede en los países periféricos y pobres. La ayuda internacional ha sustituido el juego material, orgánico de la economía, por el simple ludo de las tribus políticas. Los países que ofrecen las ayudas financian las economías de los países que son requeridos dentro de una órbita, y los países objeto de las ayudas entregan la organicidad de sus economías a cambio de estabilidad de ingresos, y con ésta, la ilusión de estabilidad de sus sistemas.


El petróleo, por su parte, ingresa a las naciones en tales proporciones que no puede ser absorbido por los tejidos receptores. De esto se produce que el valor asignado al objeto produce tejidos económicos y políticos propios, dependientes de su nuevo centro gravitatorio. Para poder existir, el nuevo tejido, autónomo, tiende a depredar a los demás tejidos que le compiten en desventaja. El llamado desarrollo termina siendo la víctima de la abundancia.


Esto sucede con la droga, la industria armamentista, igual que con los esquemas monoproductivos del café, el cacao, el azúcar, el anacardo, la soja transgénica… Las fuerzas productivas latentes en toda sociedad son vencidas por un valor asignado que luce propio y estable al objeto, y da figura perversa, depredatoria, a todo el cuerpo social. La desproporción de las fuentes de riqueza se reflejan en la clases sociales y políticas, y hace que el sistema deje de prepararse, de fortalecerse con sus propias fuerzas. Esta enorme desproporción de los ingresos realmente propone un nuevo intercambio: abandonar el futuro por la ilusión de la estabilidad en el presente.


Así la ilusión de las cosas , a golpe y paso de su proceso erosivo, hace que las percepciones cambien para adecuarse a la forma del nuevo centro gravitatorio. Para lograr esto, la economía y las ciencias políticas contribuyen con las ideas de confianza y legitimidad. La confianza es, como las ideas de progreso, Dio’s, crecimiento, socialismo, civilización, una necesidad, pero, instrumentalmente, también el cemento de las ilusiones.


Tal como sucede con las confianzas interpersonales, la confianza no existe por sí misma, no es un objeto extraño a la gente, como tampoco es el objetivo ni la génesis de la economía. Es solo un estado de espíritu dentro de la economía.


En el mundo interpersonal a veces las confianzas se ganan con el tiempo, en una forja realista y perdurable. No son monedas de cambio rápido. Con la confianza como valor de la economía, ha sucedido lo mismo que la tarjeta de presentación que sustituyó a la persona: ha pasado de ser el resultado de procesos de decantación a ser una obra de teatro sin compromisos cuyo acto final nadie ha escrito ni quiere escribir, para terror del público.


De tal modo que comprender que el valor de las cosas ha sido asignado socialmente, es una premisa económica fundamental, de la cual se deriva que la economía es y tiene que ser un acto responsable.


La premisa del valor asignado no facilita respuestas audaces o inteligentes que sepan responder, adaptarse al mercado o a la coyuntura. Permite más bien, entender que las preguntas y las respuestas que nos hagamos son el reflejo de nuestra madurez como sociedad. Nos ofrece valentía para responder más allá del escenario electoral, más allá de los planes de reajuste, y más allá de las próximas generaciones.


Puesto que el valor del objeto es asignado, el objeto no nos controla. Nosotros lo haremos florecer.

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